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Es Cavallet: Dunas, nudismo y la realidad de aparcar en el sur de Ibiza

Pasas las salinas y el asfalto desaparece de golpe. Ese camino de tierra va a cubrir tu Fiat 500 de alquiler con una capa de polvo blanco finísimo que luego cuesta horrores quitar. Es lo que toca. Pisarás una playa que esquivó el cemento.

Verás dunas reales y matas de sabina. La gente viene aquí a tirar la toalla en la arena y quitarse el bañador con total naturalidad.

Debajo de la torre de ses Portes

Una torre del siglo XVI marca la frontera con la playa vecina de ses Salines. Fíjate de dónde sopla el viento antes de clavar la sombrilla. Si viene del norte vas a encontrar el agua plana como una piscina. Y si entra del sur habrá olas y montañas de posidonia seca en la orilla. Forma parte del ecosistema mediterráneo y nadie va a meter una excavadora para retirarla.

Los primeros metros en el agua cubren apenas por los tobillos. Tienes que andar bastante mar adentro para poder dar un par de brazadas. Hay unas cuerdas que protegen la zona de las dunas en la parte de atrás. No se te ocurra atajar por medio de los arbustos porque acabarás con las piernas arañadas y el socorrista de la caseta te echará una bronca monumental delante de todo el mundo.

Ropa opcional y la sangría del Chiringay

Técnicamente estamos en una playa nudista. En la práctica cada uno hace lo que le da la gana. Familias con niños en bañador comparten espacio con grupos que toman el sol completamente desnudos.

El ambiente cambia rápido si caminas hacia la punta sur. Es el territorio LGTBQ+ de la isla y se nota porque a lo lejos ya escuchas el bajo de la música de El Chiringay. Tienen una sangría de cava que sale a unos 38 euros la jarra este verano. Te la llevan hasta la propia hamaca. Pásate por allí a las cuatro de la tarde un martes de agosto y verás que el concepto de restaurante se ha convertido en una fiesta sobre la arena donde la gente baila descalza y apenas cabe un alfiler.

El problema de dejar el coche

Desde el aeropuerto tardas unos diez minutos conduciendo. El drama empieza cuando intentas aparcar.

La explanada de tierra cuesta 6 euros el día y se llena rapidísimo. Si llegas después de las doce te tocará dar vueltas detrás de otros cinco coches buscando un hueco fantasma o terminarás dejándolo tirado en el arcén a un kilómetro y caminando bajo un sol que castiga de verdad.

El autobús L11 sale desde Ibiza ciudad y te deja a un paseo. Prepárate para ir de pie aplastado contra la puerta de atrás. Otra opción es alquilar una bici y cruzar los estanques salineros. A veces se ven flamencos picoteando en el barro. El problema de la bicicleta es que hacer el camino de vuelta a las siete de la tarde con el cuerpo lleno de sal y el viento en contra cansa muchísimo más de lo que te marcaba el mapa del móvil.

Mejor trae un par de botellas grandes de agua del supermercado antes de venir. Si te olvidas vas a pagar precios de discoteca por medio litro caliente en el primer chiringuito que pises.

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Photo: JanManu, via Wikimedia Commons