Sant Antoni tiene fama de ser la zona cero del desmadre en Ibiza. Y tienen razón. El mes de agosto es inaguantable. Pero detrás del ruido constante de los bares ingleses sigue existiendo un puerto pesquero normal y corriente. Solo tienes que alejarte un par de calles de la costa para encontrar obreros almorzando bocadillos de tortilla a las diez de la mañana. La bahía mantiene su forma de herradura perfecta. Empieza por caminar lejos de las discotecas.
El Passeig de ses Fonts y la bahía
Casi todo el mundo acaba dando vueltas por el Passeig de ses Fonts. Es un paseo marítimo enorme. Por allí se cruzan turistas despistados con familias del pueblo desde primera hora. Unas fuentes gigantes suenan a todo volumen todo el día. Yo te recomiendo caminar hacia la derecha hasta llegar a Sa Punta des Molí. Allí hay un molino de viento antiguo que arreglaron hace unos años y por algún motivo incomprensible casi siempre está cerrado los lunes por la mañana. Sube hasta esa zona. La vista desde arriba compensa bastante la caminata a pleno sol de julio porque puedes sacar fotos de la costa sin que nadie te empuje por detrás.
El ‘Sunset Strip’ y los atardeceres caros
Ver ponerse el sol aquí te va a costar dinero. Por lo menos si quieres sentarte en una silla cómoda. Los locales orientados al oeste se llenan horas antes de que baje el sol. Café del Mar y Café Mambo llevan funcionando en esa misma calle desde los años noventa. Te van a cobrar 22 euros exactos por un mojito que suele llevar demasiado hielo. Pagar esa cuenta te garantiza una mesa en primera línea para escuchar al DJ que toque esa tarde. Muchos preferimos pasar del tema. Si vas dos calles hacia el interior verás un supermercado Eroski bastante pequeño. Compra un par de latas de cerveza. Te sientas directamente en las rocas de delante de las terrazas. La vista es exactamente la misma y te ahorras pagar la marca del local.
Cala Salada, Cala Bassa y dónde huir de la gente
Las playas del norte del municipio son objetivamente buenas. El problema de Cala Salada y Cala Saladeta es el espacio físico. Si llegas en pleno julio después de las diez de la mañana no vas a encontrar sitio para aparcar el coche de alquiler en ningún arcén. Acabarás subido al autobús lanzadera que sale desde el polideportivo municipal. Te deja a un buen rato andando por una bajada asfaltada que en verano parece un horno industrial y las chanclas resbalan. Hacia el sur tienes Cala Bassa. Es una playa enorme con aguas que apenas cubren los tobillos durante los primeros veinte metros. Casi toda la arena útil está tomada por las hamacas carísimas del club de playa. Para estar tranquilo de verdad arranca el coche hasta Cala des Molí. Es de arena oscura. El agua cubre de golpe y casi nunca hay cobertura de móvil.
El mercado de las flores y la costa a pie
Los miércoles y domingos por la mañana montan el Mercat de les Flors en el mismo paseo marítimo. Venden ropa de algodón muy barata y recuerdos típicos de la isla. Los vendedores empiezan a recoger los puestos sobre las dos de la tarde en punto cuando el calor aprieta fuerte contra el asfalto. Si prefieres caminar busca el inicio del Camí de Sa Vorera muy cerca de Cala Salada. Hablamos de un camino de tierra lleno de piedras sueltas que va bordeando los acantilados. Mete agua completamente congelada en la mochila. No hay ni un solo chiringuito ni fuente en varios kilómetros a la redonda. Y fíjate muy bien dónde pones los pies en el tramo final de bajada hacia el mar porque la pendiente engaña bastante.
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Photo: Leon petrosyan, via Wikimedia Commons
