Sant Josep de sa Talaia ocupa casi todo el sur de la isla. Si buscas fiesta constante te estás equivocando de código postal por completo. Vas a encontrar arcenes de tierra seca y distancias largas al volante. En el bar del centro un cortado rápido en la barra te cuesta 1,60 euros. Es lo que hace falta para ver la zona de verdad.
El centro del pueblo
Aparcar aquí un martes de agosto agota la paciencia de cualquiera. Ve directo al descampado de tierra que hay detrás de la calle principal. Siempre queda un hueco al fondo junto a un muro roto. La iglesia del siglo XVIII es una mole blanca. Parece una fortaleza porque lo era cuando los piratas aparecían por esta costa buscando saquear lo que pudieran llevarse a los barcos antes de que los vecinos tuvieran tiempo de reaccionar.
En la acera de enfrente te sientas bajo los árboles a pedir una caña fría. Y ves a la gente pasar. Evita el cajero automático de la esquina. A mediodía le da el sol de lleno y tiene la mala costumbre de tragarse las tarjetas extranjeras por el sobrecalentamiento. La tienda de al lado vende capazos a turistas que andan perdidos buscando la playa.
Subir a Sa Talaia
El municipio da nombre al punto más alto de Ibiza. Sa Talaia mide 475 metros. Parece poco hasta que recuerdas que esta isla es plana como una hoja de papel. Tienes la opción de subir caminando por el pinar y sudar bastante. Yo meto el coche de alquiler por el camino de tierra hasta llegar casi a la base de las antenas, aunque luego toque limpiar el polvo blanco de la carrocería en una gasolinera. Ves Sant Antoni y la ciudad a lo lejos. Ve sobre las ocho de la tarde en la segunda quincena de julio. Sopla viento ahí arriba casi siempre. Mete una sudadera en el maletero.
La ruta por la costa
Cada trozo de costa funciona distinto. Cala Bassa tiene arena fina y pinos enormes que tocan el agua salada. Está llena. Un club gigante ocupa media playa con tumbonas y altavoces enormes. El silencio no existe en esa bahía.
Luego vas a Cala d’Hort buscando otra cosa. Tienes Es Vedrà delante. Es una roca bestial que bloquea todo el horizonte visual. Desde ahí sale un camino hacia la Torre des Savinar por el filo del acantilado. La piedra suelta del suelo resbala una barbaridad. Ponte zapatillas cerradas o vas a terminar en el suelo a los cinco minutos de empezar a subir.
Si te agobia el ruido pon el GPS directo hacia Es Bol Nou o Cala Molí. Tienen cantos rodados en la orilla y el público es muy local.
Comer y salir por la zona
Venimos a comer platos contundentes. El bullit de peix es un guiso de pescado y patatas denso que preparan los restaurantes de carretera de toda la vida. Pesa en el estómago. Los locales colgados del acantilado cerca del mar sirven buenas paellas. Prepara la cartera porque te cobran las vistas en la cuenta final y no vas a bajar de los 35 euros por persona. Reserva con cinco días de antelación si vienes en plena campaña de verano.
De noche te tomas algo en la terraza del pueblo. O conduces a la costa para pagar un cóctel carísimo frente al agua. Cero discotecas. Cero aglomeraciones nocturnas.
Moverse por el municipio
Necesitas coche sí o sí. Depender del autobús implica estudiar unos horarios fantasma y acabar tirado al sol en una marquesina de cemento en la carretera general. El mapa engaña con las distancias. De Sant Josep a Sant Antoni tardas 15 minutos en teoría. En la práctica es un carril por sentido. Te vas a comer una caravana de cinco coches atrapados detrás de un camión de reparto de cerveza San Miguel.
Venir en octubre cambia la isla entera. El agua sigue buena para bañarte y aparcas a la primera en calas imposibles durante julio. En agosto toca madrugar. Si pisas la arena antes de las 9:30 de la mañana tienes hueco asegurado para plantar la toalla.
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Fotografie: Jörn Lenhardt, via Wikimedia Commons
