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Ibiza sin acabar en urgencias: la letra pequeña de la isla

Un botellín de agua en la barra de un club te va a sacar 9 euros de la tarjeta un martes por la tarde. Es lo que hay. Pero en cuanto dejas atrás las carreteras principales asfaltadas te enfrentas a problemas físicos reales. Voy a ahorrarte la típica visita de seis horas a las urgencias del hospital de Can Misses por un esguince absurdo. Nada de consejos obvios.

La valla de Es Cuieram está por algo

La subida a pie desde la zona de Cala San Vicente a las tres de la tarde te funde los gemelos. Llegas al santuario de la diosa Tanit esperando ver unas ruinas históricas espectaculares y te chocas de frente con una malla metálica del Consell d’Eivissa. La roca caliza de la entrada lleva años amenazando con venirse abajo. Muchos saltan el hierro oxidado para grabar el interior oscuro con el móvil, un error gravísimo porque la estructura de esa cueva tiene grietas que se ven a simple vista desde fuera. Un derrumbe ahí dentro te va a dejar atrapado bajo toneladas de piedra suelta en una zona donde los equipos de rescate tardan muchísimo en acceder. Saca la foto desde el mirador.

Tu coche en las pistas forestales

Ese vehículo pequeño que acabas de alquilar en el aeropuerto sufre muchísimo en la ruta hacia Cala Mastella. Y la cosa empeora bastante cuando desaparece la luz del sol. Las pistas de tierra no tienen farolas. Te vas a cruzar de frente con grupos de gente que vuelve de ver el atardecer caminando por el medio de la vía en absoluta oscuridad. Tienes que conducir a diez por hora. Rozar los bajos de la carrocería contra un pedrusco suelto te va a fulminar los 600 euros de fianza que dejaste retenidos. Aparca en el último metro de asfalto gris liso y haz el resto del camino iluminando el suelo con el teléfono.

Las carreras en la arena

Aparecen un par de furgones de la Guardia Civil y la música se apaga de golpe. Pasa continuamente en Benirràs cuando se junta demasiada gente a tocar los tambores los domingos. Los agentes cortan la concentración rápido porque los coches mal aparcados taponan el acceso de los bomberos. La gente empieza a recoger sus toallas a toda prisa y a correr hacia las motos tropezando. Perder la cartera o las llaves del apartamento en ese caos de arena revuelta es algo súper común en agosto. Cuelga una riñonera cruzada al pecho siempre que vayas a este tipo de planes informales.

El aislamiento de Cala d’Aubarca

El sendero de bajada por el acantilado destroza las rodillas. Para la vuelta vas a necesitar mínimo un litro y medio de agua por persona si no quieres marearte a pleno sol. Mi teléfono siempre pierde la cobertura a la altura del último desvío de tierra antes de llegar al aparcamiento improvisado bajo los pinos. Un corte en el pie con una roca afilada bajo el agua te obliga a hacer la subida cojeando y sin posibilidad alguna de llamar a un taxi. Mete calzado cerrado duro en la mochila. Y fíjate en cómo tira la corriente hacia dentro antes de bañarte. Si te arrastra hacia mar abierto intenta nadar en paralelo a la pared de piedra negra hasta dar con una zona donde el agua se calme.

Urgencias llenas en pleno verano

Las salas de espera de los ambulatorios colapsan cada mes de agosto por caídas tontas bajando a las calas en chanclas de dedo. Descargar el mapa en el móvil desde el wifi del hotel antes de salir te cambia la logística del viaje por completo. Llena el maletero con botellas de agua de cinco litros del supermercado Eroski y extrema la precaución al volante en las carreteras secundarias sin pintar.

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