Llegas a Ibiza y quieres silencio. Te has equivocado de código postal. Platja d’en Bossa es ruido continuo. Son casi tres kilómetros de arena pegados a la valla del aeropuerto. Y sí, en agosto no cabe un alfiler. Pero tiene su gracia. Caminas metros y metros mar adentro y el agua sigue por debajo de las rodillas.
Hamacas a 150 euros y mañanas de resaca
A las ocho de la mañana ves a familias paseando junto a los que vuelven de empalmada. Esquivan vasos de plástico. La tregua dura poco. Abren los beach clubs y el volumen sube de golpe en la zona de Nassau. Reservar una cama balinesa te cuesta 150 euros un martes cualquiera de julio. Te llevan el sushi a la hamaca. A veces solo quieres pedir una caña fría sin arruinarte. Encontrar hueco libre en la arena pública a la una del mediodía exige caminar bastante hacia el sur. Casi hasta chocar con la torre de defensa de piedra vieja.
Entradas de discoteca y porciones de pizza
Cae el sol y la carretera principal se bloquea. Los taxis no avanzan. La gente camina por el arcén para llegar a Hï Ibiza o al recinto de Ushuaïa. Paga tus 90 euros en internet en mayo si quieres ver a David Guetta un lunes. Las colas en la puerta dan la vuelta a la manzana. Dentro hace un calor asfixiante. Fuera hay decenas de bares irlandeses y sitios que venden porciones de pizza recalentada a cuatro euros. Ver a alguien con ropa de marca comiendo pizza de pie en la acera a las cuatro de la madrugada es la imagen típica de Bossa.
El autobús 13 y dónde comer
El aeropuerto está literalmente al lado. Escuchas los motores de los aviones de Ryanair pasando bajísimo cada pocos minutos. Te acabas acostumbrando o el volumen de los locales te deja sordo antes. Para ir a Ibiza ciudad coge el autobús de la línea 13. Pasa a menudo y el billete vale 1,65 euros. Te ahorra la pelea diaria por conseguir un taxi libre bajo el sol del mediodía.
A la hora de comer pasa de largo de las terrazas con fotos de paellas descoloridas en la calle principal. Al final de la playa te sientas en el Chiringuito Eulalia en unas sillas de madera cojas. Pides calamares a la andaluza. Pagas lo justo y te evitas el postureo de la zona VIP.
La torre de vigilancia
Al final del todo en el extremo sur asoma la Torre de sa Sal Rossa. El camino de subida está lleno de polvo blanco que te mancha las zapatillas. Desde arriba ves la bahía entera. De repente dejas de escuchar los altavoces machacones. Sube un miércoles por la tarde cuando el centro de la playa se vuelve inaguantable.
Y ya está. Bajas y vuelves al asfalto.
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Photo: David Sim from London, United Kingdom, via Wikimedia Commons
