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Guía de Portinatx: El norte de Ibiza

Conduces hacia el norte y el paisaje cambia. Dejas atrás las vallas publicitarias de las discotecas de San Antonio. La carretera se va estrechando al pasar Sant Joan de Labritja. Hay mucha curva. Y al final de una bajada larguísima aparece el mar de Portinatx, un antiguo puerto de pescadores que hoy funciona como núcleo de veraneo pero sin perder la cabeza. Los pinos bajan casi hasta el agua. Sueltan pinocha sobre los capós de los Fiat 500 de alquiler que la gente aparca de cualquier manera en batería.

Las playas del pueblo

El agua está totalmente estancada y limpia. Parece una piscina. Hay dos zonas principales separadas por un tramo corto de cemento donde a veces resbala la arena mojada. S’Arenal Gros es la grande. Si bajas un martes a las diez de la mañana siempre encuentras un hueco para clavar la sombrilla de rayas. A su lado tienes S’Arenal Petit. Mucho más silenciosa. El concesionario te cobra 21 euros exactos por dos hamacas y una sombrilla en pleno agosto (lleva billetes porque el datáfono suele quedarse sin cobertura a partir de la una del mediodía).

A diez minutos en coche hacia el oeste está Cala Xarraca. Aparcar allí en verano es un problema serio. Seguramente acabes dejando el coche metido en una cuneta de tierra seca cruzando los dedos para que el autobús de línea no te arranque el retrovisor izquierdo al pasar. Compensa el mal trago porque el fondo marino está lleno de rocas bastante buenas para bucear un rato.

El camino hacia el faro

Caminar por esta zona del norte con chanclas es una mala idea. Necesitas zapatillas cerradas. La ruta sale desde la misma bahía y llega al faro des Moscarter, ese que se ve desde lejísimos por sus enormes franjas blancas y negras en espiral. Parecen pintadas ayer por la tarde.

El sendero va bordeando un acantilado de roca muy irregular. Ni se te ocurra ir a las tres de la tarde a finales de julio. No hay un solo árbol para meterse debajo y el calor sube de las piedras de una forma que te quita las ganas de seguir andando hasta el final del camino. Ve mejor a última hora del día. Te cruzas con un par de vecinos paseando al perro. Escuchas el golpe del agua contra la piedra volcánica unos cincuenta metros más abajo.

Dónde sentarse a comer

Casi todos los menús de la calle principal están en alemán antes que en español. Pero algunos sitios mantienen el tipo con la comida local sin complicarse la vida. El restaurante Es Puet Blanc está colgado sobre el mar justo en el extremo derecho de S’Arenal Gros. Entras y ves las mesas de madera de toda la vida.

Pide el bullit de peix. Te sacan una bandeja de pescado de roca con patatas bañadas en alioli. Luego viene el arroz a banda hecho con el caldo de ese pescado. Cuesta unos 38 euros por persona. Sales rodando de allí. Si prefieres comer rápido para volver a la toalla hay unos quioscos pequeños junto al aparcamiento de tierra. Sirven bocadillos fríos y tiran cañas en vasos de plástico duro que siempre están un poco rayados por el uso.

Llegar y quedarse

El trayecto desde Ibiza ciudad son unos 40 minutos. La carretera cruza unas colinas secas y el asfalto está perfecto. El autobús conecta la zona con el resto de la isla aunque las frecuencias del domingo te obligan a mirar la pantalla del móvil cada dos por tres. Un coche de alquiler te ahorra ese problema.

Aquí vas a ver sobre todo hoteles familiares de los años setenta. Llevan tiempo reformando las fachadas. Son edificios prácticos para bajar andando a la playa con el bañador todavía mojado. Hay un cajero automático pegado al supermercado grande que te clava casi tres euros de comisión si tu tarjeta no es de su red. Así que saca billetes en el aeropuerto antes de venir.

A las ocho de la tarde la playa se vacía. Te pasas por la tienda de la esquina a por una botella de agua fría y el pueblo se queda en silencio.

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