Conduces hacia el norte por la carretera C-733. El paisaje cambia de golpe al pasar el desvío de Sant Llorenç. Atrás se quedan los carteles gigantes de las discotecas. Sant Joan de Labritja ocupa la parte superior del mapa con más pinos que asfalto. Alquilar coche es innegociable. Depender de los horarios del autobús L20 entre estas colinas te arruina el día antes de comer.
El pueblo de Sant Joan
Los domingos toca mercadillo artesanal. Empieza sobre las diez y acaba ocupando casi toda la calle principal. Pides un café largo en el bar de la plaza por 1,80 euros y te sientas a mirar. Las paredes de la iglesia son blancas y exageradamente gruesas porque las levantaron en el siglo XVIII pensando en resistir los cañonazos de los corsarios en lugar de dar misas cómodas. A veces ves a dos vecinos apoyados en un muro bajo de piedra discutiendo sobre la cosecha de algarrobas. Sin prisa por irse a casa.
Portinatx y la costa
Portinatx concentra los grandes hoteles y los supermercados de playa. A las once de la noche casi todo está apagado. S’Arenal Petit tiene arena muy fina y un agua que casi siempre parece una piscina. En agosto tienes que meter el coche en el parking de tierra antes de las diez y media de la mañana si no quieres dar vueltas al sol. Si te cansas del agua puedes subir caminando hasta el faro des Moscarter. Lleva zapatillas cerradas. El sendero de tierra rojiza bordea el acantilado y está plagado de esas piedras sueltas puntiagudas que te rajan las chanclas de goma a los cinco minutos.
Sant Miquel arriba y abajo
Sant Miquel de Balansat tiene una geografía dictada por el miedo. El pueblo original vigila desde lo alto de una colina para que los barcos piratas no vieran las casas desde el mar. Hoy el municipio sigue partido en dos. Arriba tienes la iglesia fortificada. Varios kilómetros cuesta abajo está el Port de Sant Miquel. Es una cala muy cerrada donde sirven un buen bullit de peix en los restaurantes de la orilla (la ración suele rondar los 40 euros). Al lado está la Cova de Can Marçà. Pagas la entrada para ver por dónde metían fardos los contrabandistas por los huecos de la roca húmeda hace un siglo.
La noche del 24 de junio
Cortan el tráfico en el centro del pueblo la noche del 23 al 24 de junio. Encienden nueve hogueras seguidas directamente sobre el asfalto. La tradición exige saltarlas una por una para quemar la mala suerte del año. Y el olor a humo se te queda pegado a la ropa hasta que metes todo en la lavadora. Sube gente de toda Ibiza. Aparcar implica dejar el coche tirado en los arcenes del camino de Sa Cala rezando para que el tractor de algún payés no te arranque el retrovisor de madrugada.
Las calas de verdad
Hay zonas enteras de la costa norte donde pierdes por completo la cobertura del móvil. Cala Xarraca suele acumular montones de algas secas en la orilla. Muchos turistas protestan al ver tanta posidonia. En realidad es la garantía absoluta de que el agua está limpia y los fondos siguen vivos. A la derecha de la cala encuentras una pequeña zona de rocas para untarte arcilla gris en la piel. Otra opción es tirar hacia Cala d’en Serra. Llegar te cuesta tragar polvo bajando por un asfalto roto con unos socavones considerables. Justo detrás de la playa sobrevive el esqueleto gigante de hormigón de un hotel abandonado en los años setenta. Pides una cerveza de lata en el chiringuito de la arena y dejas pasar la tarde entera.
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Fotografie: Gerda Arendt, via Wikimedia Commons
