Todo el mundo te habla de las discotecas. Yo prefiero dormir. Santa Eulària des Riu tiene un ritmo que no te exige estar alerta todo el rato. El único río de Ibiza pasa por aquí, aunque baja seco casi todo el año. Plantas la toalla en una arena que lleva décadas renovando la Bandera Azul y te ahorras destrozar los bajos del coche de alquiler buscando calas perdidas por caminos de tierra. Y ojo los martes por la mañana. Montan un mercadillo en el centro que colapsa bastante la calle de San Jaime. Mejor ven andando si alquilaste algún apartamento cerca.
El paseo desde el Puig de Missa
Subir a pie al Puig de Missa a las dos de la tarde en plena ola de calor es una idea terrible. La cuesta castiga. Arriba te espera una iglesia fortificada del siglo XVI con unos muros blancos enormes. Desde el mirador ves todo el perfil de la costa. Abajo está el paseo del río. Hace poco arreglaron el camino. Ahora puedes bajar a la sombra de los árboles hasta darte de bruces con el mar. Ver patos nadando a lo suyo a cincuenta metros de la orilla en una isla de secano te rompe un poco los esquemas.
La ruta por la costa urbana
Toda esta franja de costa se camina fácil por el paseo marítimo. Nada de calzado técnico. Unas chanclas de tres euros del chino son el único equipo que necesitas para saltar de un tramo de arena a otro.
Playa de Santa Eulària
Esta es la franja principal. Más de 400 metros de arena fina donde el agua te llega por los tobillos durante un buen rato. Resulta comodísima si vienes con críos pequeños. Dos hamacas y una sombrilla te van a salir por unos 22 euros el día. A mediodía cruzas el paseo y te sientas en la primera terraza que veas con el menú escrito a tiza en la acera. Al final acabas pidiendo una pizza rápida de jamón y queso para que los niños se callen y vuelvan al agua de una vez.
S’Argamassa y su acueducto
Caminando hacia el norte te topas con S’Argamassa. Una cala bastante pequeña. Reconoces el sitio al instante por ese acueducto romano de piedra que llega casi hasta el mar. El agua está helada en un punto muy concreto porque hay un manantial de agua dulce que sale directamente en la orilla. Cerca hay un par de hoteles grandes. A veces sacan los altavoces a la zona de piscina y el ruido llega hasta la toalla, así que más te vale fijarte en qué extremo de la cala plantas la sombrilla antes de instalarte.
Es Niu Blau
Yendo hacia el sur pasas la desembocadura del río y llegas a Es Niu Blau. El nombre tiene sentido. Unos pinos gigantescos dan sombra a casi toda la arena a partir de las cuatro. Te vas a clavar bastantes agujas de pino secas en los pies. Es el precio por no achicharrarte bajo el sol de las cinco. Aquí vienen las familias que viven en el pueblo en invierno. El chiringuito del extremo derecho tiene un baño sorprendentemente limpio. Te salva la vida si olvidaste meter la botella de agua congelada en la nevera de corcho antes de salir de casa.
Cómo moverte y cuándo venir
Intentar aparcar en la calle principal en agosto te va a amargar la mañana. Das vueltas media hora sudando en el coche. Ve directamente al descampado de tierra que hay detrás del supermercado Eroski en la entrada del pueblo. Aparcas gratis. Desde ahí tienes diez minutos andando hasta el agua, alguno más si vas arrastrando las sillas plegables y los bártulos. Si te alojas en Ibiza ciudad ni se te ocurra alquilar coche para venir. El autobús L13 pasa cada media hora. El billete cuesta 2,10 € y te tira a un minuto del ayuntamiento.
Las duchas tienen buena presión. Hay socorrista hasta finales de septiembre. Si quieres alquilar una tabla de paddlesurf en las casetas del centro, hazlo a las diez de la mañana. Por la tarde entra una brisa constante. Remar de vuelta a la orilla con viento en contra se hace eterno si no tienes mucha experiencia en los brazos.
Venir en julio tiene bastante ambiente. Pero la segunda semana de septiembre es otra historia. El Mediterráneo parece caldo de cocido de lo caliente que está tras meses absorbiendo sol. Los camareros del paseo respiran un poco y te dan mesa en primera línea sin pedirte reserva. Terminas la tarde comprando una tarrina de pistacho en la heladería Vicente. Te sientas en el muro de piedra. Te comes el helado mirando cómo oscurece el mar.
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Photo: UnFUG-Fabi, via Wikimedia Commons
