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Cala Comte: Baños, rocas y el atardecer en el oeste de Ibiza

Cala Comte está en la costa oeste de Sant Josep. Muchos locales la llaman simplemente Cala Conta. Fui por primera vez un martes de octubre y el parking de polvo blanco ya estaba a la mitad. Y eso que el agua empezaba a estar fría. El azul fosforescente del mar parece casi radiactivo cuando te acercas caminando desde la carretera. Sa Conillera y s’Illa des Bosc tapan el horizonte justo enfrente. Un paisaje de postal sin adornos.

La arena y la roca

Hay dos zonas bien distintas para dejar las cosas. La franja principal tiene arena fina. Tienes que llegar prontísimo para encontrar hueco para la toalla. El agua te llegará por las rodillas durante los primeros veinte metros. Pero si prefieres evitar el ruido de las palas de playa vete hacia la derecha. Las plataformas de roca plana son mucho más cómodas de lo que parecen a simple vista. Te tiras de cabeza directamente sin pisar la arena. Cuesta un poco salir descalzo por culpa de la posidonia seca acumulada en el escalón de piedra. Alguien resbala y se raspa la rodilla cada media hora.

Gafas de bucear obligatorias

Trae unas buenas gafas de casa. El fondo marino aquí lo merece de verdad. Entre los salientes del lado derecho ves bancos de sargos despistados buscando algo que comer a un palmo de la superficie. A partir de las cuatro de la tarde suele saltar viento de poniente. Empieza el oleaje. Acabas tragando algo de agua salada si te alejas demasiado de la orilla buscando peces más grandes. Es el peaje por nadar fuera de la zona acotada por las boyas.

La hora punta de las siete

El ambiente da un vuelco total a media tarde en pleno julio. Aparece gente vestida de calle sin ninguna intención de tocar el agua. Vienen directos desde San Antonio buscando un hueco en las rocas para ver la puesta de sol. Arriba está el Sunset Ashram. Ese chiringuito rojo pone la música electrónica a tope y cobra unos 8 euros por una caña en plena temporada alta. Pica. La gente lo paga porque te da acceso directo al momento exacto en que el sol toca la línea del mar. El cielo se pone de un morado oscuro durante un par de minutos. Luego todo el mundo se pone a aplaudir de golpe. Una costumbre guiri que llegó hace años y parece que se ha quedado fijada en la agenda de la isla.

Cómo llegar sin desesperarse

Ir en coche a mediodía en agosto es un infierno. El descampado para aparcar es gigantesco y aun así se llena a las doce. Acabas dejando tu coche de alquiler tirado en la cuneta a un kilómetro largo. Caminar cargado con la nevera por un asfalto hirviendo te quita las ganas de playa.

Así que coge el autobús. La línea L7 arranca en la estación de Sant Antoni por unos 3 euros el trayecto. El conductor te suelta en la mismísima rotonda de entrada. Te saltas todo el atasco de coches dando vueltas tragando tierra.

Para la hora de comer hay opciones variadas. Bajando por unas escaleras estrechas en el extremo izquierdo te cruzas con el chiringuito Cala Escondida. Es un sitio pequeño y rústico. Tienen un cuscús bastante decente por unos 16 euros que te sirven en platos de barro. Si traes tu propio bocadillo y una sombrilla asegúrate de clavarla muy hondo en la arena. Las ráfagas del oeste entran de repente. He visto varias volando directas al agua mientras los dueños corrían detrás por toda la orilla.

Un último apunte sobre el terreno. Compra unos escarpines en cualquier ferretería del pueblo antes de venir. Caminar por la zona de rocas afiladas descalzo te arruina la tarde por completo. El sol también pega con muchísima más mala leche por el reflejo constante del agua tan clara. Ponte crema antes de salir del coche. Quema de verdad.

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Photo: Ladislaus Hoffner, via Wikimedia Commons