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Cala Tarida: Arena, hamacas y la realidad de la costa oeste de Ibiza

Vienes de dejarte los tobillos bajando a las calas de roca del norte y de repente te topas con esto. Cala Tarida es inmensa. Una curva de arena blanca larguísima que traga familias enteras y decenas de sombrillas sin inmutarse. Fui por primera vez un martes de julio convencido de que la gente estaría trabajando en la ciudad. Me equivoqué por completo. Y tiene toda la lógica del mundo. Es una playa facilísima si vas con niños porque pisas plano desde el asfalto hasta el agua. Nada de senderos imposibles.

Agua por los tobillos y el problema del espacio

El agua apenas cubre. Puedes avanzar treinta metros mar adentro y seguirás con el bañador seco por encima de las rodillas. Verás a un montón de padres practicando natación con los críos con cero estrés. Pero hay un detalle que pasa desapercibido hasta que estás allí con la toalla puesta. A las cuatro de la tarde el mar pierde ese color de postal de Baleares. Se vuelve turbio por el simple efecto de ochocientas personas removiendo la arena del fondo sin parar. Limpia está. Solo que no se ve el fondo. Si te vas caminando hacia las rocas planas del extremo derecho el panorama mejora bastante. Suelo tirar la toalla ahí directamente. Te ahorras los balonazos de los que juegan a las palas en la orilla mojada.

Comida frente al mar y el ruido de fondo

Aburrirse en la arena es complicado. Tienes una caseta que alquila tablas de paddlesurf por 20 euros la hora para aprovechar los días en que la bahía parece un charco. Luego están las motos de agua y la maldita banana inflable pegando botes. Hacen un ruido infernal. Si vienes buscando leer un libro en silencio te vas a arrepentir de la excursión.

A la hora de comer hay dos mundos. Arriba en el acantilado funciona el Cotton Beach Club con su música a volumen perfecto y unos cócteles que cuestan lo mismo que una cena entera en tu barrio. Abajo en la arena resisten un par de chiringuitos de batalla. Otra opción totalmente válida es subir sudando la cuesta hasta el supermercado Spar de la carretera. Te compras un bocadillo envasado y una lata de refresco helada. Bajo tu propia sombrilla sabe a gloria.

La bajada del sol sin filtros

A eso de las siete la cosa cambia. La playa mira a poniente sin ninguna isla que estorbe la caída del sol. Las toallas empiezan a girar sobre la arena buscando encarar el horizonte. Y sí, cuando el último rayo desaparece siempre hay un grupo grande que arranca a aplaudir. Una costumbre rarísima que genera bastante debate en los bares de la zona. Yo me limito a pedir una cerveza fría. Dejo que los altavoces de los locales pongan algo de house suave de fondo mientras el cielo se pone naranja. La temperatura baja un par de grados de golpe y casi se te olvida la solanera que pasaste a mediodía.

Aparcar, escaleras y la salida

Llegar desde Sant Josep son diez minutos por asfalto. El drama viene después. Hay una explanada de tierra en la parte alta donde le das 5 euros a un chico con chaleco reflectante y te desentiendes del coche. Si llegas pasadas las once te tocará meterte por el laberinto de las urbanizaciones a buscar un hueco. Ni se te pase por la cabeza dejar una rueda sobre la línea amarilla. La policía local pasa constantemente y la grúa no perdona un solo coche mal aparcado.

La bajada a la arena principal se hace por unas escaleras bastante criminales. Piénsatelo bien antes de cargar con una nevera rígida de treinta litros porque a la vuelta pesa el doble y los escalones son altos. Al terminar el atardecer se monta el atasco de rigor en la única rotonda que da salida a la costa. Yo suelo sacudirme la arena y arrancar veinte minutos antes de que el sol toque el agua. Poner el aire acondicionado al tres y ver el cielo rojo por el retrovisor sin pisar el freno cada dos metros.

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Photo: Gottfried Hoffmann -…, via Wikimedia Commons