Olvida las luces de neón del sur. El norte de Ibiza huele a pino seco y a salitre. Cala Benirràs se esconde al final de una carretera rodeada de colinas verdes y termina en una bahía de arena gruesa donde el agua recorta la silueta de Cap Bernat. Los locales llaman a esa enorme roca afilada el dedo de Dios. Yo prefiero mirarla desde el lado izquierdo de la playa porque pega menos el sol a primera hora.
El agua y las rocas
Llévate unos escarpines. Pisar descalzo la orilla es un suplicio de cantos rodados que te quita las ganas de bañarte rápido. Una vez pasas ese primer metro traicionero el fondo cambia a arena fina y el agua se vuelve de un azul transparentísimo que te permite ver perfectamente las manchas oscuras de posidonia al fondo.
Y casi nunca hay olas. La bahía está tan metida en la tierra que el mar parece una piscina. Mucha gente huye del centro de la playa y planta la toalla directamente sobre las rocas de los laterales. Desde allí arriba verás a chavales saltando al agua a pesar de los carteles de prohibición. Es peligroso. Lo hacen igual.
El ruido de los tambores
Todo el mundo viene buscando la famosa fiesta hippie del atardecer. La realidad es que la espontaneidad de hace treinta años ya no existe. Vete un martes de julio sobre las cinco de la tarde. Verás a cuatro o cinco tipos sacando los bongós de sus fundas de tela junto a las casetas de los pescadores.
El ritmo empieza despacio. Para cuando el sol roza el horizonte el ruido rebota contra las paredes de piedra y media playa está de pie grabando la escena con el teléfono móvil. Hay demasiada gente en agosto y a veces huele muy fuerte a incienso barato mezclado con crema solar. Pero sentarse en la arena a ver cómo el cielo se pone naranja detrás del peñón con esa percusión constante de fondo compensa el viaje.
Comer frente al mar
Aquí sacar la cartera duele un poco. El restaurante Elements tiene una decoración preciosa y unos platos muy elaborados donde una ensalada básica te va a costar 25 euros sin pestañear. Así que mucha gente opta por el Chiringuito Benirràs.
Es un local mucho más de toda la vida. Bordan el pescado al horno. El problema es que conseguir mesa para cenar durante la puesta de sol exige llamar por teléfono casi una semana antes, y a veces ni siquiera cogen la llamada porque están a tope sirviendo cervezas a la gente que sube mojada directamente de la playa.
El caos del aparcamiento
Olvídate del transporte público. Tienes que llegar en tu propio coche o pagar los 35 euros que te va a cobrar un taxi desde San Antonio. La carretera de acceso arranca cerca del Port de Sant Miquel y se va estrechando peligrosamente en los dos últimos kilómetros de curvas ciegas.
El parking principal es un descampado de tierra. Si llegas más tarde de las doce del mediodía te tocará dar vueltas tragando el polvo que levantan los coches de alquiler. Al final muchísimos conductores dejan el vehículo tirado en los arcenes secos bloqueando medio carril. Cuando cae la noche y los tambores callan todo el mundo enciende el motor a la vez para marcharse. Salir de ese embudo a oscuras te puede llevar cuarenta minutos perfectamente.
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