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Cala Jondal: Cantos rodados, Blue Marlin y el sur de Ibiza

Bajas desde Sant Josep por una carretera asfaltada que se va estrechando y terminas frente al mar. Olvida la arena blanca. En Cala Jondal vas a caminar sobre códols. Son unas piedras redondas del tamaño de un melón pequeño que te machacan las plantas de los pies si intentas hacerte el valiente descalzo. Un masaje natural dicen algunos turistas. Mentira. Duele muchísimo. Miras a la izquierda y ves a una familia clavando a martillazos una sombrilla del Carrefour entre las rocas. Giras la cabeza y alguien está descorchando botellas de champán francés en una cama balinesa. Es un sitio extraño.

El terreno y el agua

El viento del norte apenas entra en la bahía. El agua tiene un azul muy denso y oscuro. Entrar te va a costar un rato porque las piedras del fondo tienen una capa fina de algas y resbalan una barbaridad. Te caes seguro si no vas mirando dónde pisas. Pasas ese primer metro de penitencia y de repente el fondo cae en picado para que puedas nadar en paz. Un miércoles a mediados de julio te cruzas nadando con un tipo que acaba de tirarse desde un yate alquilado de 25 metros. A su lado hay dos chavales locales pescando cangrejos con un hilo atado a un palo.

El territorio de Blue Marlin

A mano derecha los altavoces empiezan a escupir graves.

Ahí está el Blue Marlin Ibiza. Hace un par de décadas daban comidas normales a pie de playa. Ahora han montado un club al aire libre donde el DJ sube las revoluciones a las cuatro de la tarde en punto. Pedir una jarra de sangría sentado en una de sus mesas te sale por unos 45 euros. Tienen servicio de aparcacoches junto a los contenedores. Hasta han puesto una pasarela de listones de madera sobre los cantos rodados para que las clientas con tacones no se partan un tobillo intentando llegar a su reserva cruzando la playa.

Pescado a la parrilla y toallas gruesas

Andas cincuenta metros hacia el lado opuesto de la cala y el ruido electrónico baja de golpe. Te encuentras con el restaurante Tropicana y algún otro chiringuito donde sirven dorada a la parrilla en mesas de madera medio cojas. Sin zonas de acceso restringido ni cordones de seguridad. Toca buscar un hueco libre para tirar tu toalla directamente sobre los pedruscos. Llévate la más gorda que tengas en el armario o te vas a clavar todo. Cuando entra el oleaje que levanta el ferry de Formentera escuchas las piedras chocar unas contra otras bajo el agua con un chasquido seco muy particular.

El problema del aparcamiento

La bajada en coche desde Es Cubells es fácil hasta que chocas con el tapón de vehículos. El descampado de tierra detrás de los pinos se satura a las diez y media de la mañana los fines de semana. Llegas a las once y te toca dejar el coche tirado de cualquier manera en la cuneta cuesta arriba. Luego tienes que bajar caminando un buen tramo tragando el polvo de los todoterrenos que siguen intentando meterse por donde no caben. Compra unas cangrejeras de goma feas en una ferretería antes de venir. Salir del agua a gatas resbalando por las piedras con media playa mirándote no es el mejor recuerdo de vacaciones.

El sol te pega en la cara casi todo el día por la orientación sur. A mediodía el calor aprieta demasiado y el ambiente se carga con el humo de los coches que maniobran. Pero a partir de las siete de la tarde la cala se vacía porque la gente se va a cenar a sus hoteles. La luz se vuelve muy naranja. Te metes a nadar y notas el agua bastante más caliente que por la mañana.

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