Fui a Cala Mastella por primera vez un martes de julio. Lo único que se escuchaba era el ruido de las chicharras. Es una cala enana en la costa este de Ibiza donde todavía no han puesto altavoces con música de fondo. Y menos mal. No vas a encontrar hamacas de alquiler. Llegar, poner la toalla en el primer hueco libre y tirarse a un agua que parece una piscina. Sin más florituras.
El camino hasta el agua
Queda cerca del pueblo de Sant Carles de Peralta. El desvío desde la carretera principal no tiene ninguna señal que se vea fácil. Llegas a una explanada de tierra donde caben veinte coches apretados. A las 10 de la mañana de un 15 de agosto ya te toca dejar el tuyo medio tirado en el arcén del camino de acceso y rezar para que nadie te roce el retrovisor al pasar. Luego toca bajar a pie.
El tramo hasta la arena es corto pero está lleno de piedras sueltas. Vi a unos chicos intentando arrastrar una nevera rígida con ruedas por ahí y acabaron llevándola a pulso. Sudando a mares. Llévate una mochila de tela y listo. La orilla mezcla arena gruesa con algún canto rodado. El fondo es pura roca dura. Por eso el agua es así de transparente. Mete unas gafas de bucear porque a los dos metros de profundidad hay unas praderas de posidonia enormes llenas de peces. Los pinos llegan literalmente hasta el borde del mar. Tienes sombra garantizada a partir de las cinco de la tarde.
El chiringuito de El Bigote
La fama de esta playa tiene un culpable claro y es una caseta de pescadores que lleva ahí toda la vida. Se llama El Bigote. Olvídate de pedir la carta. No tienen. Comes lo que hayan sacado del mar ese mismo amanecer. Lo normal es que te pongan bullit de peix, un guiso de pescado de roca con patatas que llena muchísimo y que te sirven antes de traer el arroz a banda hecho con ese mismo caldo.
Pillar un hueco en sus mesas largas de madera es un dolor de cabeza. Tienes que llamar por teléfono el día de antes. Suelen ponerse a coger llamadas sobre las once de la mañana. Casi siempre da comunicando. Si logras que alguien te atienda vas a comer literalmente con los pies metidos en la arena bajo un techo de cañas.
Lo que necesitas saber antes de ir
El restaurante funciona desde Semana Santa hasta la última semana de octubre. En invierno está cerrado a cal y canto. Y lleva dinero en efectivo en la cartera. La cobertura de móvil en este trozo de costa da muchísimos problemas. El datáfono a veces pierde la señal justo cuando vas a pagar y te toca dejar el DNI o subir andando hasta la carretera para pillar un par de rayas de 4G. Calcula unos 35 euros por cabeza con bebida incluida.
Si bajas a la cala sin reserva y te entra hambre de repente, entra en Sa Cuca. Es un quiosco minúsculo que queda a mano derecha. Sirven pescadito frito. Tienen calamares a 12 euros que te salvan la vida a las tres de la tarde.
Un último aviso. Deja las chanclas de dedo en el hotel. Ponte unos escarpines o unas zapatillas viejas con suela de goma porque entrar al agua descalzo es jugar a la ruleta rusa con los cantos rodados del fondo.
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Photo: Gerda Arendt, via Wikimedia Commons
