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Cala Salada y Saladeta: Lo que te vas a encontrar al llegar

Sales de Sant Antoni. En apenas diez minutos llegas a la costa. Los pescadores locales usaban esta playa de arena gruesa para salar sus capturas hace medio siglo y hoy es un tramo raro del litoral porque no hay edificios de hormigón a la vista. Se nota bastante. El agua es tan transparente que le ves los ojos a los peces que te rodean los tobillos, un detalle que atrae a una cantidad absurda de coches de alquiler intentando meterse por un embudo de asfalto cada mañana de verano hasta que ya no cabe ni una moto más.

El acceso y el terreno

Bajas por una carretera de curvas muy cerradas entre pinos. Llegas a la cala principal. Son unos 200 metros de arena dorada revuelta con cantos rodados. Compra unos escarpines en cualquier bazar por cuatro euros. Te salvan el día al entrar al agua. El mar parece una piscina casi siempre que no sople el poniente. Hay unas planchas de roca lisa en los extremos donde la gente tira la toalla y se tumba a ras de mar con el libro en la cara. Se escucha el ruido de las cigarras por encima de todo. Ni rastro de altavoces.

Pasando a Cala Saladeta

Un sendero de piedra conecta la playa grande con Cala Saladeta. Cruza despacio. La roca resbala una barbaridad. Muchísima gente hace el camino en chanclas de dedo mientras mira el móvil (un error clásico) y los resbalones son constantes. Saladeta no tiene casi arena. Son un par de metros blancos y el resto pura roca escalonada. El agua apenas te pasa de la rodilla al principio. Trae gafas de bucear. Para meter una sombrilla normal en el trozo de arena un 15 de agosto tienes que pisar la playa a las nueve y media de la mañana. Si apareces a las once te tocará doblarte para caber en un hueco de las piedras. No es nada cómodo.

Comer en la misma playa

El Restaurante Cala Salada lleva ahí desde siempre. Mesas sobre un bloque de cemento pegado al agua. Pide el bullit de peix. Te sacan el pescado hervido con patatas y luego te plantan delante una paellera fina de arroz a banda preparado con ese mismo caldo. Sale a unos 38 euros el plato. Acabas sin poder moverte de la silla. Llama al menos tres días antes. Presentarte a las dos y media de la tarde esperando que te den mesa es perder el tiempo directamente. Bajo sus toldos de lona verde hace una sombra espesa que te salva la vida cuando el sol te quema la espalda a la hora de comer.

El problema de dejar el coche

Olvídate de bajar en coche en pleno julio. El Ayuntamiento cierra la barrera de acceso en cuanto se llena el parking superior. Pasa todos los días sobre las diez y media de la mañana. Tienes que dar la vuelta. Aparca gratis en el polideportivo de Can Coix o por la estación de autobuses. Hay un autobús lanzadera que cuesta unos 3 euros el billete de ida y vuelta. Pasa cada media hora. Te deja literalmente en la barrera de entrada a la cala. Te ahorras estar veinte minutos parado en una cuesta oliendo el embrague quemado del coche de delante que intenta arrancar en pendiente.

Mete un par de botellas grandes de agua en la mochila antes de salir de casa. El restaurante es el único sitio para comprar bebida abajo. Encuentra una roca plana y tírate al agua.

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