Aparcar cerca del centro en pleno julio es imposible. Directamente. La grúa trabaja muy rápido. Deja el coche en el aparcamiento disuasorio de Es Gorg. Desde ahí puedes subirte al autobús lanzadera que te deja en el centro por unos tres euros y te ahorra cuarenta minutos de dar vueltas quemando gasolina. La ciudad se parte en dos. Arriba tienes las murallas antiguas y abajo el tráfico constante del paseo principal, una distribución que engaña bastante a la gente que intenta ver toda la capital ibicenca con prisas un martes por la tarde antes de irse al aeropuerto.
Subir a Dalt Vila y los resbalones en la piedra
Cruza el Portal de ses Taules sin pararte mucho en el foso. La cuesta tira lo suyo. Pega fuerte a las cuatro de la tarde cuando el sol rebota contra la piedra calcárea. Tienes que llevar zapatillas atadas. He visto a decenas de turistas romper las chanclas en las calles empedradas que suben hacia la catedral de Santa María de las Nieves porque el suelo patina una barbaridad con la humedad del ambiente.
Arriba tienes una vista limpia de Formentera y el muelle comercial. Sopla viento. Las casas encaladas ahora están llenas de galerías de arte carísimas y restaurantes donde pagas la ubicación, aunque pedir una caña de 4 euros en la plaza de Vila sigue mereciendo la pena. Y pasear por aquí de noche cambia la cosa por completo. Las calles se quedan vacías muy rápido y los focos proyectan sombras alargadas en las fachadas de los palacios renacentistas.
Sa Penya y los atascos del Paseo Marítimo
El barrio de Sa Penya empieza justo debajo del muro. Antes vivían los pescadores y hoy es una red de callejuelas caóticas con fachadas descascaradas. Por la noche las terrazas de los bares pequeños sacan las mesas a la calle y el ruido no para hasta la madrugada.
Caminas un poco más y llegas al Paseo Marítimo. Aquí atracan los yates. Te vas a cruzar de frente con los relaciones públicas repartiendo pulseras de descuento para Pacha o Amnesia a cualquier persona que pase por delante. El ferry de Baleària a Dénia tiene la costumbre de soltar la bocina justo cuando pasas cerca. Para cruzar al otro lado de la bahía hacia Marina Botafoch lo mejor es coger la barca de Talamanca. Te ahorras los 15 euros del taxi y sobre todo el atasco inmenso que se forma en la rotonda principal cada día a las ocho.
Las tumbas de Puig des Molins y el Mercat Nou
La gente ignora el Puig des Molins. La entrada está en el número 31 de la Via Romana. Debajo de esa colina hay miles de tumbas de la época de los cartagineses metidas en la roca. Bajas por unas escaleras de metal hacia los hipogeos y de repente el ambiente es húmedo. Huele a tierra cerrada. Es una sensación rarísima cuando sabes que unos metros más arriba en el asfalto hace 32 grados a la sombra.
Esquiva los supermercados de la zona turística para comprar comida. Vete al Mercat Nou. Tienen puestos de pescado fresco y varias payesas venden tomates feos pero muy dulces directamente de sus huertos por un par de euros el kilo. Cierran al mediodía. Si decides ir andando a la playa desde el centro la opción más rápida es bajar hasta Ses Figueretes. En pleno verano el agua arrastra bastante alga hasta la orilla y a las once de la mañana ya no queda un solo hueco en la arena para plantar la toalla.
Fotografie: Dr.Tricky, via Flickr
