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Playa de Es Figueral: Cómo es realmente la costa este de Ibiza

Por esta parte de la costa no se escucha el zumbido de las discotecas. Llegas conduciendo unos diez minutos desde el pueblo de Sant Carles y aparcas casi encima de la arena. Es Figueral es una playa familiar de las de siempre. Fui un martes de julio y me sorprendió ver sombrillas clavadas desde primera hora junto a la típica nevera azul de camping rígida. Y mucha gente leyendo el periódico en papel. Aquí vienes a bañarte. Sin más complicaciones.

El agua apenas cubre

Físicamente la playa está dividida en varios tramos que se unen por la misma orilla. Esto juega a tu favor. La mayoría de la gente aparca y tira la toalla en el primer hueco libre que encuentra cerca del acceso principal. Si caminas un poco hacia la izquierda estarás mucho más tranquilo y con más espacio para ti.

El mar en esta zona parece una piscina para niños. Andas hacia adentro un buen rato y el agua sigue por debajo del bañador. A las dos de la tarde el sol cae a plomo. Hay una zona de pinos en la parte de atrás que queda muy bien si vas a hacer fotos, pero la sombra no llega a la arena en todo el día por la inclinación que tiene el terreno y la luz te da de lleno. Trae tu propia sombrilla. Un turista a mi lado acabó usando una toalla amarilla a modo de toldo precario atada a unas mochilas.

Alquilar hamacas y coger un kayak

Cargar con trastos da mucha pereza. Siempre puedes pagar por un par de hamacas. El precio ronda los 20 euros por un set con sombrilla dependiendo de la quincena. Es un dinero extra. Pero compensa bastante los días que sopla viento fuerte del este y la arena se te mete en los ojos si estás tumbado a ras de suelo.

Justo en medio de la playa hay montada una red de vóley bastante trillada. Te puedes apuntar a un partido si preguntas a los que están por allí pasando la mañana. Para salir al mar busca la caseta de madera. Alquilan tablas de paddle surf por horas. Merece la pena coger un kayak y remar hacia el norte para ver los acantilados desde el agua. El fondo está tan claro que ves las rocas sin necesidad de ponerte las gafas de bucear.

Dónde comer sin moverse de la arena

Aquí la vida empieza y acaba de día. Tienes un par de restaurantes pegados a la arena para solucionar la comida. Te sirven rápido una ensalada o te preparan una bandeja de pescado al horno con patatas que tarda bastante más en salir de la cocina. Prepárate para pagar 4,50 euros por una caña grande. Son los precios habituales de Ibiza en primera línea.

Pide mesa a las once de la mañana. Quien intenta sentarse a comer a las dos y media acaba esperando un buen rato de pie junto a la barra. Por la tarde la luz del atardecer rebota contra las paredes de roca rojiza que rodean la cala. Al estar orientados al este no vemos el sol caer por el agua. Simplemente la luz cambia y la gente empieza a recoger sus cosas.

Llegar en coche o en autobús

El camino en coche es muy directo siguiendo los carteles desde la iglesia blanca de Sant Carles. Aparcar ya es otra historia completamente distinta.

Hay una zona de tierra habilitada detrás de la playa. Caben decenas de vehículos. En pleno agosto ese descampado se llena antes de las once y a partir de ahí toca dar vueltas por la carretera de acceso buscando un milagro de alguien que se vaya temprano. Una alternativa muy lógica es usar el transporte público. Los vehículos amarillos de IbizaBus salen desde Santa Eulària y te dejan a dos minutos exactos andando del agua. Pagar un par de euros por el billete te quita un dolor de cabeza enorme.

Llegas temprano y pisas la arena. Te olvidas del coche de alquiler. Alquilas una tabla un rato y te comes unos calamares cuando te entra hambre a mediodía. Pura rutina de verano en una isla que a veces lo pone todo demasiado difícil.

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Photo: Loco2014, via Wikimedia Commons