Fui un martes de finales de octubre. Quedaba exactamente un hueco para aparcar cerca del acantilado. La costa norte de Ibiza tiene esta franja de arena gruesa que casi nunca ves en los anuncios de las grandes discotecas. Aquí vienes a pisar arena oscura. Y a lidiar con el mar de frente. La sensación de aislamiento es total cuando bajas del coche y escuchas el ruido del agua chocando contra la pared de roca, un sonido constante que tapa cualquier otra conversación mientras buscas un sitio donde dejar la toalla.
La espuma y el barro gris
El nombre despista. La arena tira a dorada. El blanco famoso viene directamente de la espuma de las olas. La playa mira al norte y se traga los temporales sin ninguna barrera natural que frene el golpe. El agua rompe con una fuerza que levanta una cortina salada continua. Los acantilados del fondo son de arcilla grisácea. Verás a gente rascando la pared para embadurnarse la piel con ese barro cerca de los pinos. Las multas por llevarte arcilla o destrozar la pared son reales.
El lado izquierdo
Tiras hacia la izquierda si quieres hacer nudismo. Nadie te va a decir nada si decides quedarte en bañador, el ambiente es cien por cien mixto. Pero la norma no escrita es quitarse la ropa nada más llegar a ese extremo de la playa. Familias y grupos de adolescentes comparten el espacio con total normalidad. Pasa un chico vendiendo vasos de fruta cortada a 5 euros sobre las tres de la tarde. Funciona bien. Todo el mundo va a lo suyo mientras el sol pega fuerte contra la arcilla y tú intentas encontrar una postura cómoda sobre las piedras planas que asoman cerca de la orilla.
Tablas en noviembre
En pleno agosto el agua parece una balsa. Ideal para bucear un rato buscando peces cerca de las rocas. En noviembre la estampa cambia por completo. Entran las borrascas atlánticas. El mar se llena de tablas casi de la noche a la mañana porque es de los pocos rincones de la isla que pilla un swell decente. La comunidad local tiene muy medido este pico. Sopla la tramontana y te corta la cara de verdad mientras saltas a la pata coja intentando meterte en un neopreno mojado del día anterior justo al lado del maletero del coche.
El peaje de la bajada
Llegar exige esquivar baches. El camino de tierra se destroza cada vez que llueve fuerte. Arriba hay un parking vigilado que cuesta unos 5 euros en monedas. Págalos sin pensarlo. Dejar el coche tirado en la cuneta de la carretera principal es jugársela a que pase la Guardia Civil con el talonario preparado. Luego te toca afrontar la bajada. Una cuesta de asfalto muy pronunciada. Bajarla es rápido. Subirla a las siete de la tarde cargando con la nevera portátil y las toallas mojadas te revienta los gemelos y parece que no se acaba nunca.
Abajo del todo hay un chiringuito de madera que casi todo el mundo conoce como El Bigote. Sirven bocadillos gigantes y cócteles a última hora en una terraza pequeña donde da gusto sentarse a mirar el agua. Llévate tu propia sombrilla y bastante agua. La sombra natural desaparece por completo al mediodía y allí no alquilan hamacas.
La vuelta al coche
Olvídate de las chanclas de dedo para este plan. Tramos enteros de la orilla tienen piedras sueltas. El asfalto de la cuesta exige un calzado que se agarre al suelo en condiciones. Mete una sudadera ligera en la mochila incluso si vienes en la segunda quincena de julio. El viento engaña. Sales del agua a media tarde y notas un bajón de temperatura repentino que te deja helado.
Quédate hasta tarde. El sol no cae sobre el agua en esta parte oriental de la isla, pero la luz de última hora tiñe la roca de un color rojizo espectacular. El ambiente se relaja muchísimo cuando la mayoría de la gente recoge sus cosas para irse a cenar. Los contenedores de basura están arriba del todo junto a la garita del parking. A veces el aire arrastra los plásticos de los bocadillos al mar en cuestión de segundos, un detalle que te obliga a estar bastante atento a la mochila si no quieres tener que meterte al agua vestido a pescar tus propios envases.
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